La cuestión de la vivienda y el marxismo. Por Rolando Astarita

Las ocupaciones de tierra que se han producido en las últimas semanas en Buenos Aires brindan la oportunidad de presentar algunas reflexiones, desde el punto de vista del marxismo, en torno al problema de la vivienda y el capitalismo. Debo confesar que una razón que me impulsa a escribir esta nota es el rechazo que me provoca leer páginas y páginas de sociólogos, economistas y demás científicos sociales, que se auto ubican en la izquierda y el progresismo, explicando que lo que ha sucedido en el parque Indoamericano se debe exclusivamente a la política de Macri o al complot de Duhalde. Por supuesto, si así fuera, la solución del problema de la vivienda pasaría por cambiar al Jefe de Gobierno de la ciudad, o por no votar por Duhalde. Pero las cosas no son tan simples. Empecemos de todas maneras con lo más básico, que está relacionado con el discurso legalista, que también circula por estos días en los medios y en el ámbito oficial. Nos basamos en lo fundamental en la teoría de Marx, y en sus desarrollos.

La amnesia de la burguesía

Los medios de comunicación, el gobierno, los políticos burgueses y los expertos en derecho han venido sosteniendo que el apoderarse de tierras públicas constituye un delito, ya que la propiedad pública está protegida por la Constitución. Se afirma que las tierras del Estado “son de todos”, dado que el Estado “es de todos”. Lógicamente, de acuerdo a los diversos matices ideológicos, algunos plantean que existen atenuantes a este delito, dado el “derecho a la vivienda”. Sin embargo, esos atenuantes –y este es el punto central en el que hay coincidencia–, “no pueden validar, en última instancia, la comisión de un delito”. El diario La Nación es ejemplar en este sentido; cada poco tiempo publica indignados y furibundos editoriales contra los “usurpadores”.

Pues bien, el hecho es que este argumento pasa por alto que en algún momento hubo seres humanos que se apropiaron de partes del planeta que, después de todo, es un don natural. Así, por ejemplo, muchas de las enormes fortunas que se formaron en Argentina en la época de la colonia, durante las guerras de la independencia, o la “conquista” del desierto (la masacre final de los pueblos aborígenes) se construyeron en base a la usurpación, lisa y llana, de miles de kilómetros cuadrados. Claro está que a La Nación o a los juristas burgueses no se les ocurre recordar esta apropiación “de lo público”. Pareciera que en esos lejanos tiempos regía un “derecho natural” que habilitaba a esas bandas de verdaderos saqueadores a enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos, sin dar explicaciones a nadie. Pero cuando los desposeídos de hoy se apoderan de cuatro metros cuadrados de espacio público para vivir en el hambre y la miseria, se los estigmatiza y condena implacablemente por usurpadores e “ilegales”.  Por supuesto, se puede discutir si es lógico o conveniente ocupar un parque público, pero lo importante aquí no es este aspecto de la cuestión, sino el derecho de los seres humanos a vivir sobre el planeta Tierra. Para verlo, supongamos que 4000 millones de personas hayan terminado el reparto de la Tierra, dividiéndola entre ellos, de manera que los 3000 millones restantes no tengan donde vivir. ¿Hay que enviarlos al espacio, porque una parte de la humanidad declaró “el planeta es mío”, en un acto originario de apropiación?

Este constituye el núcleo del argumento de Marx frente al argumento de los burgueses y propietarios. La propiedad del suelo es la fuente original de la riqueza, dice Marx, y se ha convertido en el gran problema del que depende el futuro de la clase obrera (lo que sigue resume las ideas principales de Marx presentadas ante la sección de Manchester de la International Working Men’s Association, publicada en The International Herald N° 11, 15 de junio de 1872).

Marx afirma que no pretende discutir todos los argumentos de juristas, filósofos y economistas políticos en defensa de la propiedad privada de la tierra, pero se limita a señalar que todos ellos han tratado de disimular el hecho primitivo de la conquista bajo el manto del “derecho natural”. Si la conquista constituyó un derecho natural para unos pocos, continúa Marx, los muchos solo tienen que reunir la suficiente fuerza para adquirir el derecho natural de reconquistar lo que les ha sido quitado.  Con esto Marx está llamando a los trabajadores a cuestionar lo existente, a no aceptar el hipócrita argumento burgués, que consagra la propiedad privada del suelo como un principio sacrosanto e intangible. A medida que la historia progresó, continúa Marx, los conquistadores encontraron conveniente dar a sus títulos originarios, derivados de la fuerza bruta, una suerte de posición social a través de la instrumentalidad de leyes impuestas por ellos mismos. Y al final viene el filósofo y demuestra que esas leyes implican y expresan el consenso universal de la humanidad. Pero si la propiedad privada de la tierra estuviera realmente fundada sobre tal consenso universal, evidentemente quedaría extinta desde el momento en que la mayoría de la sociedad no acordara en garantizarla.

Sin embargo la apropiación de lo público por parte de los poderosos no se limita a los viejos tiempos en que regía ese mítico “derecho natural”. En la actualidad, y a través del dominio del aparato del Estado, gobernantes y amigos de los gobernantes continúan apropiándose de los terrenos públicos. Por ejemplo, comprándolos a precios viles, en maniobras que constituyen gigantescas estafas, para seguir con la costumbre de enriquecerse “en un abrir y cerrar de ojos”. O favoreciendo la quita, en beneficio de familias “tradicionales y poderosas”, de las pocas tierras que les quedan a los pueblos originarios, cada vez más oprimidos y sometidos. Es lo que sucede en Chaco, Formosa y otras provincias, y lo que también continúa ocurriendo en otras partes del planeta. Siempre es la “fuerza bruta” la razón última de esa apropiación. Por eso existen sobradas razones para decir que las verdaderas bandas organizadas de usurpadores las encontramos entre los “padres fundadores” de las más aristocráticas y tradicionales familias de Argentina, y entre muchos de los más encumbrados funcionarios del Estado, o las familias y amigos vinculados a ellos.

Vivienda y desarrollo capitalista

Tomamos ahora como referencia el texto clásico de Federico Engels, “La cuestión de la vivienda”. Nuestro propósito es utilizar este escrito como disparador para discutir los problemas actuales. Su contexto histórico fue el debate que se produjo en la prensa democrática y obrera de Alemania cuando el flujo de nuevos trabajadores desde el agro y el aumento del proletariado generaron una crisis de vivienda. Entre junio de 1872 y febrero de 1873 Engels escribió tres artículos, que fueron publicados en el Volsksstaat, de Leipzig, con el título “La cuestión de la vivienda”. En ellos polemizó con las soluciones reformistas burguesas y pequeño-burguesas anarquistas (en la línea de Proudhon). De todas formas su argumento central es que en la sociedad capitalista el problema de la vivienda no es un accidente, sino una institución necesaria, y solo puede ser solucionado con la abolición del orden social que le da origen. De aquí deriva que la solución definitiva del problema no pasa por reformas (ni por el cambio de un ministro o de un intendente, como pretenden algunos).

Precisemos en primer lugar que lo que Engels llama “el problema de la vivienda” está vinculado específicamente a la etapa del capitalismo en que masas de trabajadores se vuelcan a las grandes ciudades, a la par que muchos son desalojados de las viviendas que ocupaban en esos centros urbanos, a medida que se están valorizando. Esto significa que la expresión no alude al hecho de que siempre la clase obrera vive en condiciones penosas, en barrios superpoblados, con malas condiciones sanitarias y ambientales, sino a la peculiar intensificación de esas malas condiciones de vivienda de los trabajadores, a consecuencia de la súbita afluencia de población a las grandes ciudades, del aumento de las rentas y del hacinamiento; o a los muchos que no consiguen siquiera un lugar donde vivir. Una escasez de vivienda que no solo afecta a la clase obrera, sino también a la pequeña burguesía.

Podemos decir que en la actualidad, y a nivel mundial, también existe un “problema de la vivienda”, en el sentido particular que le da Engels, dado que millones de trabajadores están fluyendo a los grandes centros urbanos de Asia, en primer lugar, pero también de América Latina y otras partes del mundo subdesarrollado. Estos enormes flujos humanos terminan hacinándose en las “villas miserias”, “favelas” y similares. Se calcula que en ellas viven unos 1000 millones de personas, y su número se sigue incrementando año tras año. Otros muchos van a parar a viviendas en condiciones de increíble hacinamiento. Naturalmente, las dinámicas y formas difieren según países o regiones. En China, por ejemplo, la afluencia desde el campo a la ciudad obedece a un acentuado proceso de  proletarización y al progresivo deterioro de las economías campesinas familiares, en segundo término. En Argentina, en cambio, la afluencia de población a las grandes ciudades parecería deberse a la combinación del estancamiento de las áreas regionales más pobres del interior del país, y de países vecinos, y a las condiciones de trabajo extremadamente penosas que imperan en muchas de ellas. Por ejemplo, un recolector de yerba misionero gana apenas entre $400 y $500 por mes, y muchas veces carece de cualquier protección social. En Bolivia o Paraguay la situación de jornaleros y campesinos pobres es similar o peor. No es de extrañar que miles de familias se vuelquen a las grandes ciudades, en primer lugar Buenos Aires, donde pueden conseguir un comedor escolar o un centro de salud, e intenten insertarse en el mercado laboral, por lo menos haciendo changas. También puede estar incidiendo en este proceso la concentración y mecanización de la producción de granos en las áreas productoras de oleaginosas y cereales; y el quiebre de las pequeñas economías campesinas y artesanales ante la entrada o profundización de las relaciones capitalistas. Lo importante es que se trata de un fenómeno socialmente determinado y planetario, que corre paralelo a la proletarización en los centros urbanos y se combina con millones que no encuentran empleo; o que tienen trabajos precarizados, en negro, sin seguridad social ni protección de ningún tipo.

Pero subyaciendo a este “problema de la vivienda” específico, existe otro aspecto, vinculado con la explotación capitalista y su dinámica, que hace que la escasez de viviendas se recree permanentemente. Por un lado, porque las crisis económicas periódicamente arrojan a la desocupación a millones. Entonces muchos no pueden pagar alquileres, y otros muchos pierden sus viviendas. Además, la lucha competitiva lleva a los capitalistas a aumentar sin cesar la explotación, y a pagar por debajo del valor de la fuerza de trabajo, siempre que pueden hacerlo. En los países atrasados este factor es importante. Por ejemplo, la inserción “competitiva” de Argentina en el mercado mundial depende en buena medida de los salarios bajos. Por eso en esta contabilidad del valor de la fuerza de trabajo tiende a incluirse solo lo necesario para su mantención, y a duras penas para la producción de la descendencia. El componente de la canasta familiar conformado por “vivienda” fácilmente desaparece de los salarios de amplias franjas de la clase trabajadora. En consecuencia, cuando el gobierno o el Estado “miran para otro lado” y dejan subsistir el trabajo en negro; cuando reprimen a las corrientes sindicales de izquierda o combativas que luchan contra el trabajo precario o los bajos salarios, están contribuyendo a que se perpetúe el problema de la vivienda. Para ilustrarlo con el caso del recolector de yerba que gana $400 por mes. Este trabajador en Misiones está completamente desprotegido, al punto que el gobierno ni siquiera reconoce su representación gremial (la CTA). ¿Qué recurso le queda, si no es la aventura de ir a la gran ciudad? Por supuesto, todo esto lo tiene sin cuidado al intelectual “progre K”, que pretende hacernos creer que el problema de la vivienda se reduce a que el gobierno de Macri sub-ejecutó una partida presupuestaria. Pero un análisis que quiera ir un poco más allá de las narices del escriba de turno, no puede dejar de incluir todos estos factores en el análisis.

Algunas cifras

Si bien en los últimos días se han dado muchas cifras, es conveniente repasarlas, porque también ayudan a demostrar que estamos ante un fenómeno que trasciende la coyuntura del corto plazo. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la UCA, en 2009 el 15% de los hogares argentinos alquilaba, y el 14% ocupaba la vivienda o tenía tenencia irregular. Un escenario que no había presentado cambios sustanciales desde 2003, a pesar del fuerte crecimiento económico. A su vez, el 15% de la población de las grandes urbes vivía en condición de hacinamiento (en 2007 era el 12,8% y en 2004 el 18,8%). En 2010 las cámaras inmobiliarias y de la construcción estiman el déficit de viviendas en 2,5 millones. Según un informe del ministerio de la Producción bonaerense de 2006, en ese año había en Argentina un déficit habitacional de dos millones de viviendas, y el 35% del mismo se concentraba en la provincia. De acuerdo a la Comisión de la Vivienda de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en 2008 en la ciudad había más de 10.000 inmuebles ocupados; 500.000 personas se encontraban en emergencia habitacional (sobre un total de poco menos de 2,8 millones de habitantes); 300.000 vivían en villas, y 30.000 en asentamientos precarios (un ejemplo es el de Costanera Sur). A lo que se sumaban varios miles que habitaban en conventillos y hoteles en muy malas condiciones. Por eso desde antes de la subida del gobierno de Macri se reconocía que en la ciudad de Buenos Aires había un problema de “emergencia habitacional”; que no era, ni es, muy distinto del existente en la provincia de Buenos Aires, y en otras regiones del país. Aunque el caso del área metropolitana es más grave, dada la concentración de población. En esta área, que comprende el 1% del territorio nacional, viven 14 millones de personas, lo que equivale al 35% de la población del país. Además, el problema sigue agravándose. Entre el último censo y el de 2010 (según los datos provisionales), la participación combinada de los 24 partidos tradicionales del Gran Buenos Aires y del cuarto cordón en la población total aumentó desde el 25,7% al 26,7% (J. J. Llach, “El centralismo clientelista fracasó”, La Nación 30/12/10).

La oposición entre la ciudad y el campo

Dado que el antagonismo entre la ciudad y el campo, y la tendencia a las macro metrópolis constituyen problemáticas centrales derivadas de la organización espacial capitalista, es conveniente brindar una explicación un poco más amplia del asunto. La tesis del marxismo es que el antagonismo y polarización entre el campo y la ciudad está en la naturaleza profunda del sistema capitalista. No es un problema de administración centralizada o descentralizada de los impuestos, como piensan Llach, la Federación Agraria o el diario La Nación (al margen de que una mala administración pueda agravar la polarización). En lo que sigue nos basamos en David Harvey, posiblemente el autor que más ha contribuido –hasta donde conocemos– al avance de una teoría marxista sobre el espacio y lo urbano (véase Los límites del capitalismo y la teoría marxista, Mexico, FCE, 1990).

Harvey señala que Marx captó los efectos de interacción que llevan a la rápida aglomeración de la producción dentro de las ciudades, que se convierten en talleres colectivos de producción capitalista. En este respecto, la noción de la economía burguesa de “economías externas” puede ser útil para entender el fenómeno. Es que a medida que se concentran las industrias, se concentran los mercados para los insumos y productos, las obras de infraestructura (energía, transportes, etc.) necesarias para la producción, etc. Como el capital está regido por la lógica de la ganancia, las inversiones entonces también se concentran geográficamente. Lo cual requiere la creciente concentración y aumento de la clase obrera en los centros urbanos, con la consiguiente generación de las condiciones para su mantenimiento y reproducción.

“El hacinamiento de los trabajadores en medio de ‘una acumulación de miseria, faenas agobiantes, esclavitud, ignorancia, brutalidad y degradación mental’ (Marx), todo esto es exacerbado por varias formas secundarias de explotación (como la renta de las viviendas) que ha llegado a ser un sello distintivo de la forma de industrialización capitalista. La acumulación de capital y la miseria van de la mano, concentradas en el espacio” (Harvey, 1990, pp. 420-421).

Harvey señala que sin embargo esta tendencia hacia la aglomeración encuentra límites físicos y sociales, tales como costos de congestión, creciente rigidez en el uso de infraestructuras físicas, aumento de las rentas y la falta de espacio, que sirven como contrapeso a las ventajas de la aglomeración. Además, “la concentración de la miseria forma un terreno fértil para la conciencia de clase y la inquietud social” (ídem, p. 421). De ahí que haya también una tendencia opuesta a la aglomeración, la dispersión. Que a su vez sufre de restricciones, como son las grandes cantidades de capital fijadas a la tierra, las infraestructuras físicas y sociales ya asentadas y construidas. En consecuencia existen permanentes tensiones entre concentración urbana y desarrollos regionales, y antagonismos entre el campo y la ciudad, entre centros y periferias, y similares.

En la visión de Marx, de todas maneras, parecía prevalecer la tendencia a la concentración, y esto es también lo que estaría confirmando los desarrollos del capital en el último siglo. Y en los países atrasados con fuerte concentración de la propiedad de la tierra y de la producción agrícola, como es el caso de Argentina, las fuerzas favorables a la dispersión posiblemente actúen de manera más débil que en los países adelantados. Subrayamos, es ilusorio pensar que esta cuestiones de “estructura profunda”, ancladas en las relaciones sociales y la lógica de la valorización del capital, puedan modificarse en algún sentido esencial con meros cambios en la estructura impositiva, o administrativos. Por este motivo Engels planteaba que la solución de fondo –en línea con el pensamiento de los socialistas utópicos Owen y Fourier–, pasa por abolir la antítesis, que se ha llevado a un punto máximo, entre el campo y la ciudad. Es que no se puede solucionar el problema de la vivienda si al mismo tiempo se quieren mantener las grandes ciudades. Aunque en lo inmediato una revolución solucionaría los males más urgentes mediante la expropiación de las viviendas vacías, reacomodando a familias numerosas en casas parcialmente ocupadas, etc.

Precio del suelo y renta urbana

Para avanzar en estas reflexiones es necesario explicar brevemente cómo se determina el precio del suelo, según la teoría de Marx, y en qué consiste la renta urbana. De todas maneras los problemas que se presentan aquí son complejos, su desarrollo completo excedería largamente los límites de esta nota, y además están lejos de haber sido dilucidados por los marxistas (en la obra de Marx apenas están esbozados). Lo que sigue será necesariamente esquemático, y se apoyará en Harvey.

En primer lugar es necesario precisar que el suelo, si bien tiene precio, no tiene valor, ya que no es producto del trabajo humano. El precio del suelo se debe a que es un bien que se puede monopolizar, y constituye tanto un medio de producción como la condición espacial para cualquier tipo de actividad humana. Surge a partir de la capitalización de la renta que produce. Por ejemplo, si una tierra A genera una renta de $200 anuales, y la tasa de interés predominante es del 4%, el precio de la tierra será $5000. El tema central entonces es determinar la naturaleza de la renta, y cómo se forma. La respuesta de Marx es taxativa: la renta es plusvalía, esto es, trabajo no pagado, realizado por el obrero (en una nota de este blog, “Discusiones sobre la renta agraria”, introducimos el concepto). En otras palabras, la renta no es generada por la tierra; la propiedad privada de la tierra solo permite que el capitalista se apropie de la renta. Por caso, si se trata de la agricultura, y la tierra A es más fértil que la B, de manera que a igual aplicación de capital la tierra A permite generar una plusvalía anual extra de $200, esa plusvalía extraordinaria se constituye en renta. Esto sucede porque el precio del bien agrícola es determinado por el capital aplicado a la tierra B (suponiendo que solo están en producción estos dos tipos de suelo). La naturaleza de la renta urbana es similar. Si una empresa está ubicada en una locación urbana A, que le permite obtener una plusvalía extraordinaria de $200 (supongamos, porque está cerca del mercado y abarata sus costos de transporte), esa plusvalía va a constituir la renta de ese suelo.

Pero esto es apenas el comienzo del asunto, porque en la renta urbana influyen en grado sumo los procesos de valorización de los espacios que son producidos por el capital. Aquí introducimos el concepto, de Harvey, de “ambiente construido”. Se trata de todos los valores de uso que cristalizan en un paisaje físico, que constituyen precondiciones generales y elementos necesarios para la producción, el intercambio o el consumo. Son las fábricas, tiendas, bancos, bodegas, ferrocarriles, avenidas y calles, hospitales, escuelas, puentes, viviendas, parques, cines, restoranes, tendidos eléctricos, desagües pluviales o cloacales, etc. Lo importante es que la ubicación espacial, y la relación mutua entre los elementos del espacio construido, determinan en buena medida su utilidad. “Toda la cuestión del orden espacial del ambiente construido tiene que ser considerado entonces; la decisión de dónde poner un elemento no puede divorciarse de donde están los otros” (Harvey, 1990, p. 238). Como también señala Harvey, la producción, orden, mantenimiento, renovación de esta mercancía mixta que es el espacio construido, presenta graves conflictos. Es que todo depende de decisiones individuales de inversión, pero también de las acciones de coordinación de esas inversiones relacionadas al capital financiero, y al Estado, en tanto este regula y planifica el uso de la tierra, de espacios públicos, cobro de impuestos e inversiones en obras públicas. Como resultado, ciertas zonas urbanas pueden verse sometidas a intensos procesos de valorización, o desvalorización. Lo cual dará lugar a procesos acumulativos hacia un lado y el otro, que inevitablemente pueden ir acompañados de burbujas especulativas, y todo tipo de maniobras y fraudes (la historia del capitalismo está plagada de estos episodios). En particular, además, hay que tener presente que a medida que se desarrolla la producción capitalista, y con ella el sistema de crédito y financiero, la tierra es considerada más y más como un bien financiero.  Un suelo urbano que se favorece por alguna circunstancia (pensemos por ejemplo en las valorizaciones de tierra que ocurren cuando se construye una línea de ferrocarril o subterráneo en determinado lugar) incrementará su valor de uso, a partir de su mejora espacial relativa, y con ello incrementará su renta y su precio. Como señala Engels, el crecimiento de las grandes ciudades modernas otorga a las tierras en ciertas áreas un valor artificial y a menudo en crecimiento colosal; los viejos edificios construidos  en esas áreas, en cambio, pierden su valor, porque ya no corresponden a las circunstancias que han cambiado. Son derribados y reemplazados por otros, y esto sucede sobre todo con las viviendas obreras, que aun en el máximo de la ocupación, no pueden resistir la suba de la renta. Por eso toda esta construcción espacial está regida –aunque no mecánica ni directamente, porque existen tensiones y fuerzas sociales en pugna– por la lógica de la valorización. “Las fábricas y los campos, las escuelas, los templos, centros comerciales y parques, caminos y vías de ferrocarril atestan un paisaje que ha quedado esculpido de forma indeleble e irreversible de acuerdo con los dictados del capitalismo” (Harvey, 1990, p. 376). Subrayamos, la renta urbana está condicionada por esta construcción espacial capitalista.

El alquiler de la vivienda

Con toda su importancia, la renta del suelo constituye sin embargo solo una parte del alquiler de un inmueble (supongamos una vivienda). Una segunda parte está conformada por los intereses del capital empleado en su construcción (que incluye el beneficio del constructor); otra por los costos de reparaciones y seguros; y por último, está la parte que corresponde a la depreciación de la vivienda, a medida que se está usando (véase el texto de Engels citado). El punto que exige alguna aclaración es el referido al interés. Debido a que el valor de uso de las viviendas se realiza después de mucho tiempo, existe la posibilidad de vender su valor de uso de a poco, y cada vez por un tiempo definido, cediéndolas. Por lo tanto la venta de a poco realiza su valor de cambio gradualmente. Pero como compensación por renunciar al pago inmediato del capital adelantado, y a la ganancia obtenida sobre él, el vendedor recibe un precio incrementado, el interés. Cuando la casa se consumió, si descontamos lo que se ha pagado por la renta del suelo, y los gastos por reparaciones y mantenimiento, encontraremos que lo que queda está compuesto por a) el capital invertido originalmente en la construcción de la casa; b) el beneficio sobre este capital; y c) el interés sobre el capital que fue madurando gradualmente y sobre la ganancia.

Prima la lógica de la valorización

En base a lo discutido hasta aquí podemos comprender por qué el crecimiento económico que hubo en Argentina a partir de 2002 no mejoró sustancialmente el problema de la vivienda, y en muchos sentidos tal vez lo empeoró. En sus rasgos esenciales, ha sido característico del período el acrecentamiento de las diferencias de inversión y construcción entre barrios acomodados, para las clases medias altas y la burguesía, y las construcciones en los barrios populares y obreros. Esto se produjo al margen de que hubiera un gobierno de tinte un poco más progresista o reaccionario en la ciudad de Buenos Aires, ya que en sus directrices fundamentales respondió a la lógica de la valorización. Y también estuvo vinculado a rasgos del “modelo productivista K”, en particular a la debilidad de la inversión ampliadora del capital. Es que la inversión inmobiliaria canalizó una parte importante de la plusvalía que no se reinvirtió en capital productivo (otra parte se giró al exterior, como hemos explicado en otra nota de este blog). Así, hubo empresas que compraron terrenos con fines especulativos, esto es, como activos financieros, a la espera de que se valorizaran. También una parte importante de la renta agraria se volcó a la inversión inmobiliaria. Y por último, dadas las bajas tasas de interés, y luego de los quiebres financieros de las décadas pasadas, muchos ahorros de sectores medios y medios altos también se dirigieron al sector (“en Argentina la inversión más segura son los ladrillos”). Lo cual provocó que los precios de los terrenos, y las rentas, se elevaran rápidamente. Desde 2003 a 2009 el precio del suelo en la ciudad de Buenos Aires aumentó entre cinco y seis veces, según las zonas.

Esto entonces respondió a una cuestión sistémica, vinculada a lo que es el principio y el fin del modo de producción capitalista, valorizar el capital. Es altamente significativo que el propio matrimonio gobernante haya hecho su fortuna especulando con terrenos y sacando provecho de los alquileres (amén de las “ayuditas” del Estado). Por eso decimos que se trató de un comportamiento de clase. Estas evoluciones exceden en mucho a las posibilidades explicativas de cualquier tesis conspirativa, aunque esta se vista de un lenguaje sesudamente “progre”.

Como consecuencia, y en el marco de una distribución del ingreso a niveles de los años 90, en términos de desigualdad, empeoraron las posibilidades para la clase trabajadora de hacerse de una vivienda. Según la UADE, un trabajador hoy necesita 84 salarios promedio para comprar un departamento de 60 metros cuadrados, mientras que en los 90 necesitaba 50 salarios. Por lo tanto, los barrios de la ciudad donde más se construyó fueron donde hay mayor poder adquisitivo: Palermo, Villa Urquiza, Caballito y Belgrano. En cambio, en la zona sur, Villa Riachuelo, Villa Lugano, Villa Soldati, Nueva Pompeya, La Boca, donde se concentra más del 60% de las personas con necesidades básicas insatisfechas, los permisos de construcciones nuevas apenas fueron una fracción de los de la zona norte. Y las construcciones fueron mayoritariamente de lujo. En 2005, por ejemplo, el 50% de los permisos para nuevas construcciones otorgados por la Ciudad de Buenos Aires fueron para viviendas suntuarias, y solo el 26% para viviendas sencillas. El fenómeno también parece advertirse en el área metropolitana; en 2008 los “barrios cerrados” cubrían 40.000 hectáreas, el doble que Buenos Aires. Subrayamos, esta desigualdad en el número y tipo de construcciones es una expresión de la desigualdad de clase, de los altísimos niveles de explotación existentes, y de la dinámica de valorización rentística de la propiedad urbana que hemos discutido. Por este motivo coexisten los extremos. Prósperos centros de consumo, barrios bellísimos donde se vive a todo lujo y las fortunas inmobiliarias se multiplican, que conviven (a veces a poca distancia) con los peores horrores del hacinamiento, la miseria y la postración. A esto le llamo “realidad capitalista” en estado puro.

Por otra parte, y a medida que se elevaron los precios del suelo y las rentas, aumentaron los alquileres. Según la UCA, entre 2007 y 2009 el valor promedio de los alquileres subió 62%, y en las villas 97%. Una parte importante de la población trabajadora entonces fue afectada. Según datos de 2001, el 11,1% de los hogares del país habitaban en viviendas alquiladas, mientras que en Capital el 22,2% del total de hogares. Según el gobierno de la Ciudad, en 2006 el porcentaje había aumentado al 27,7%.

Alquileres y ley económica

De la explicación de Engels sobre la naturaleza de los alquileres se extrae una importante consecuencia, a saber, que están regidos por la ley del valor. Lo cual pone límites a la pretensión de mejorar la situación de la vivienda mediante la fijación por el Estado de los alquileres. Por supuesto, existe la posibilidad de hacerlo, como sucedió durante el primer gobierno de Perón. Pero por eso mismo la clase capitalista de conjunto dejó de invertir en la construcción de viviendas, y al cabo de los años los topes se levantaron. Esto demuestra que no es posible gobernar a voluntad la ley del valor (una cuestión que tiene que ver con su carácter objetivo, y con la teoría del fetichismo de la mercancía de Marx). Pero además, aun en el caso de que los alquileres se congelaran, no necesariamente mejoraría la situación de la clase obrera. Es que con el tiempo los salarios se adecuan y descienden en una suma igual al promedio ahorrado en el pago de la renta, aumentando la plusvalía del capitalista que lo explota. De esta manera los ahorros que obtiene el trabajador por no pagar renta se convierten en capital; pero no en capital para él, sino para el capitalista que lo emplea (seguimos el argumento de Engels). No se trata solo de lo que dice la teoría, sino también lo que muestra la experiencia. Por ejemplo, después de 1955, y por lo menos durante una década y media, los alquileres siguieron congelados; pero esto no impidió que los salarios disminuyeran, y que bajara la participación del trabajo en el ingreso nacional.

Estado y viviendas para los trabajadores

Frente a este panorama, las intervenciones del Estado son escuálidas, y apenas tocan la epidermis del problema. Esto al margen de los negociados, de los sistemas clientelísticos (por ejemplo, dirigentes sindicales y punteros políticos que aumentan su poder y reciben coimas administrando el reparto de viviendas construidas con fondos públicos), y de los barrios construidos en zonas cada vez más alejadas de los centros de trabajo. Pero además, barrios enteros pueden transformarse en “villas miserias verticales”, donde reaparecen todos los males de la desocupación, la droga, el hacinamiento, la roña por doquier, el crimen, la prostitución y la degradación. No sucede solo en Argentina, o en países subdesarrollados, sino también en las grandes urbes de los adelantados.

Por otra parte, y para terminar este trabajo, haremos mención al repetido programa-promesa de la clase dominante de que todo trabajador tenga su vivienda. Ya hemos señalado que el problema de la vivienda se recrea constantemente, y no puede ser eliminado de fondo. De todas maneras, es cierto que sectores de la clase trabajadora acceden a sus viviendas, y en este respecto, hay una actitud escéptica de Engels sobre las ventajas de este logro, que si bien no compartimos totalmente, encierra, en nuestra opinión, un elemento de verdad que no puede pasarse por alto.

El tema es que Engels piensa que la explotación capitalista ha desvinculado definitivamente al trabajador moderno de la tierra, y con esto ha cambiado su psicología. El viejo tejedor artesanal, propietario de su casita, de su pequeño jardín y terreno, junto a su telar, era un hombre quieto y contento, a pesar de su miseria y de la presión política que sufría, que se quitaba el sombrero ante los ricos, los curas y los funcionarios del Estado, e internamente era un esclavo. Engels estaba convencido de que la gran industria había liberado de alguna manera a este trabajador, encadenado a la tierra, al transformarlo en un proletario carente de propiedad, en una especie de “pájaro libre” (sic), lo que constituía una condición para acabar con el modo de producción capitalista. Desde este punto de vista, y aunque no rechaza completamente la medida, Engels es escéptico acerca del progreso que pueda significar la propiedad de la vivienda para el trabajador en el sistema capitalista. Según su visión, los trabajadores en las ciudades anhelan a estar libres, porque esa es la primera condición para su existencia, y la propiedad de la tierra puede ser un obstáculo para ellos. Engels advierte (Marx comparte la idea) que la burguesía, o al menos sectores de ésta, quieren ahogar el espíritu revolucionario de los trabajadores vendiéndoles en cuotas sus moradas, al tiempo que los encadenan a las empresas en las que trabajan. Constata que esta solución burguesa del problema de la vivienda, consistente en encadenar al trabajador a su propia vivienda, estaba surgiendo espontáneamente en ciudades grandes, o en crecimiento, de EEUU. A los trabajadores se les vendían miserables viviendas, en lugares fangosos y alejados a una hora de los centros urbanos; debían soportar fuertes hipotecas, y se convertían en completos esclavos de sus empleadores. Algunas de estas cuestiones reaparecieron en el sistema Ford, y también en el toyotismo, dos de las formas más refinadas y avanzadas de la explotación del capital. Esa meta de lograr un trabajador encadenado (incluso por una larga hipoteca) y “manso”, conforme con su casita, aparece en el discurso de la Iglesia, de muchos reformadores sociales y políticos argentinos.

Pensamos que estas consideraciones no deben impedir que de todas maneras los marxistas apoyen la reivindicación de que el salario, esto es, el precio de la fuerza de trabajo, cubra las necesidades de vivienda para los trabajadores, incluida su propiedad. Sin embargo la mirada pesimista de Engels sobre el asunto cobra relieve a la vista de lo que ha sucedido estos días. La propiedad de la casa, del lote, etc., genera presiones conservadoras (por ejemplo, el temor a que se desvalorice la propiedad si se establece una villa en las cercanías, etc.). Y ata a los trabajadores a lugares de residencia lejanos de los centros de trabajo, de manera que se insumen horas de viajes, agravando las condiciones de vida en un grado considerable (no es raro encontrar trabajadores que en promedio viajan tres o cuatro horas por día). Son todas cuestiones que deberán tenerse en cuenta a la hora de analizar reacciones, expresiones ideológicas, y también reivindicaciones sociales. En cualquier caso, apuntan una vez más a destacar la centralidad de la explotación del capital, como el problema decisivo que enfrenta la clase trabajadora.

En conclusión, las reivindicaciones inmediatas por salarios, y por vivienda, deberían acompañarse, por parte de los marxistas, de la crítica a la mistificación e ideología  burguesa, que encubren las raíces del mal. La idea central de Engels, que subrayamos para terminar estas reflexiones, es que “no es que la solución del problema de la vivienda simultáneamente soluciona la cuestión social, sino que solo la solución de la cuestión social, esto es, la abolición del modo de producción capitalista, es la que hace posible la solución de la cuestión de la vivienda”. El análisis de la evolución de la cuestión de la vivienda, que estalla en las ocupaciones de los días recientes, confirma, en nuestra opinión, este diagnóstico.

Fuente:  http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/12/30/la-cuestion-de-la-vivienda-y-el-marxismo/

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